viernes, 10 de abril de 2009

Una enorme piedra divagaba centelleante ante la inmensa oscuridad de la existencia...

Una enorme piedra divagaba centelleante ante la inmensa oscuridad de la existencia. Ahí, donde solo unos ojos imaginarios pueden ver, se hallaba aquello que se acercaba con prisa innecesaria hacía la gran esfera de color azul.

El golpe fue titánico, pero la piedra no sintió dolor, ella no era capaz de ello, pero comprendió ese concepto cuando llegó a su objetivo, el corazón de aquella esfera.

Dentro, empezó a tomar forma, empezó a comprender su alrededor, es más, empezó a entenderse a sí misma, como una existencia dentro de la misma existencia, un algo con mucho valor propio.
Todo entonces fue pura maravilla, no existían los contras, solo hermosura, conceptos que comprendió hace solo segundos. Entonces, hubo colores, lejanías, situaciones, tiempos y filosofía.
Una vez se sintió completada, pudo apreciarse como una hermosa mujer, una mujer delicada y creadora de vida.


Pero para la piedra todo esto solo duro un instante, el instante en el que comprendió el dolor, en el que comprendió el sufrimiento, tanto necesario como innecesario. Como un niño incapaz de enfrentarse a una dura y recién descubierta vida adulta, cayó de rodillas impotente a pesar de su enorme poder.

Sintió los ríos de sangre sucia correr por sus superficiales venas, los mares agónicos de infinidad inalcanzable, el negro cielo lleno de mosquitos de metal, las duras piedras resquebrajadas por la ambición así como también sintió los fuegos injustos dirigidos al milagro de la vida.
Pero, lo que más pudo sentir, fueron esas especies de hormigas, esas pequeñas, terribles y devoradoras hormigas que arrasaban sin comprenderse a ellas mismas, sin comprender al menos el daño que podían ocasionar. Aquel milagro era quizá un experimento fallido o quizás un niño enorme malcriado sin valores o ideales.

La piedra quiso morirse, pero no podía, amaba demasiado el todo que cada día readmiraba, el punto en la vasta existencia, ese punto imposible en aquella nada.
Decidió entonces aguantar, disfrutar de los pequeños detalles buenos y de la luz de las estrellas regalándole la vista hacía el todo. Quizás aquello no era perfecto, pero era lo que siempre quiso amar, el motivo que merecía la pena.


Al final, otro instante sucedió, y el dolor se calmó, pero hubo mucho sufrimiento, pero ello conllevó a su vez madurez, y una regeneración del espíritu. Una redención hacía un nuevo futuro, libre de males y ambiciones, llena de esperanzas y resurgidos colores. Un final que se espera y que hará volver sonreír tanto a aquella piedra como a la gran esfera azul…

Pero solo le quedaba esperar, esperar mientras sus ojos se humedecían eternamente de angustia concedida…

3 comentarios:

la rosa separada dijo...

Al leerte me ha venido un recuerdo, algo que fue insignificante y que sin embargo, ahora está cargado de simbología.

De pequeña me apasionaba el Universo, era algo que no comprendía, algo inmenso, pero el único lugar del que me sentía parte.
Un día mientras jugaba a las canicas (eso que los "niños pulgares" de hoy no saben lo que es) vi entre todas una azul, era la más pequeña y sin embargo la que más me llamaba la atención. Un niño con su gran bola negra la desplazó y quedó escondida entre la raíz saliente de un viejo árbol; me quedé absorta contemplando aquella marivillosa escena. En ese momento no sabía lo que significaba, ni tan siquiera ese momento había acudido a mi memoria años atrás; has sido tú el que me ha devuelto esa sensación de alerta a la plenitud que sólo nos regalan las grandes pequeñas cosas.

Un beso rojo

Vantysch dijo...

Sólo te dejaré un enlace que me ha sugerido tu texto.

http://es.wikipedia.org/wiki/Hipótesis_de_Gaia

Escribes de tarde en tarde, pero cuando lo haces...

Un abrazo

Gema dijo...

Hola Juanse, me ha encantado el texto, es muy original y la escritura es perfecta como siempre :)
Esperemos que actualices pronto y nos deleites con tus palabras.

Un abrazo